1 de diciembre de 2017

Conociendo el entorno

(Publicado en Escuela el 29 de noviembre de 2017)

Centros culturales, teatros, parques naturales, industrias, museos, ayuntamientos, cines, parlamentos, hospitales, conciertos, exposiciones, senderos, catedrales, cuevas prehistóricas, ríos, bosques, pueblos, ciudades... Territorios próximos o no tanto. Lugares del entorno que los ciudadanos deberían conocer para entender el mundo en el que viven y poder disfrutarlo. Son, por tanto, destinos que las instituciones escolares deberían visitar cotidianamente con sus alumnos, si es que su función es realmente educar y no solo constatar que el currículo ha pasado por ellos o que ellos han sobrevivido al currículo.

Aunque a veces se olvide, la vida está fuera de las aulas y educar requiere salir con frecuencia de ellas. Así que conocer el entorno no debería ser complementario o excepcional porque el extraescolar también es espacio educativo.

Sin embargo, la máquina lectiva que habitamos (y que tanto condiciona nuestros hábitos) nos hace creer lo contrario. Que no es necesario salir del centro con los alumnos. Que llevarlos a otros lugares supone perder clases. Que el tiempo del examen es sagrado pero una mañana en el campo o en un museo es un premio que no todos merecen. Así que las salidas son más excepcionales que habituales, menos promovidas y valoradas que simplemente toleradas o incluso cuestionadas. Y es que fuera del centro los profesores parecen asumir graves responsabilidades (como si en él no las tuvieran) y llevar a los alumnos al teatro o a una exposición supone exponerse a que se porten mal y no aprovechen el tiempo (como si el del aula fuera siempre de provecho). De modo que quien quiere salir con los alumnos fuera del centro a veces tiene más dificultades con su institución que con los propios destinos que pretende visitar.

De hecho, no es raro que los centros (y hasta las administraciones) pongan límites al número de salidas o a sus fechas, que a veces los alumnos deban pagar por ellas, que no incluyan a todos, que excluyan a los réprobos, que no participen todos los grupos ni todos los profesores o que la balcanización del conocimiento escolar reduzca el valor de estas actividades al de mero complemento ilustrativo de las enseñanzas disciplinares. 

Sobre todo esto apenas hay reflexión ni debate. Ningún pacto educativo estará pendiente de garantizar que lo escolar se abra intensamente a lo cultural. La Alta Inspección no indagará sobre la frecuencia con que los alumnos españoles hacen intercambios con los de regiones distantes. Ni los inspectores analizarán el modo en que los centros garantizan que todos sus alumnos van conociendo el entorno a lo largo de su escolaridad. Ni tampoco son tantos los directores preocupados por los equilibrios entre los niveles, entre los grupos o entre los profesores que se implican (o no) en este tipo de actividades. Y es que lo extraescolar es territorio nouménico en la planificación educativa. Algo complementario, no necesario, prescindible. Y lo primero que se resiente cuando llegan los recortes.

Pero las cosas podrían y deberían ser distintas. Cada curso escolar debería estar jalonado por visitas regulares a lugares diversos. Destinos que no deberían estar seleccionados solo por su relación con el currículo, sino principalmente por su propia relevancia. Visitarlos no debería ser algo que dependiera de voluntarismos o de coyunturas circunstanciales sino de un plan estable para que estas actividades se realicen todos los años. Así su planificación debería componer un periplo formativo que garantice a todo el alumnado un conocimiento integral del entorno.

Por ejemplo, a lo largo de la ESO se podrían hacer, como mínimo, doce salidas. Una por cada trimestre de los cuatro cursos. Cada salida podría incluir varios destinos cuya selección tendría en cuenta la coherencia del itinerario y la eficiencia en los desplazamientos. La unidad de organización de las visitas podría ser el grupo-aula y sería óptimo que entre los profesores acompañantes estuvieran siempre los tutores. Como las etapas en que se realizan, todas las salidas deberían ser siempre gratuitas. Y también obligatorias, al menos en el mismo grado en que lo son el resto de las actividades lectivas.

Un proyecto así no es solo un deseo improbable. Es una realidad desde hace doce años en el instituto en que trabajo. Entre 1º y 4º de la ESO todos nuestros alumnos visitan cuarenta y cinco destinos de Asturias. Lo hacen en las doce salidas que, como mínimo, hacemos con todos ellos en esos cuatro años. En los dos primeros trimestres las salidas ocupan el tiempo lectivo de una jornada (aquí es continua), mientras que en el tercero vamos a lugares más lejanos en salidas de todo el día. Así, todos nuestros alumnos visitan diversos destinos como parques naturales (Picos de Europa, lagos de Somiedo), cuevas prehistóricas (Pindal, Tito Bustillo), sedes instituciones (Ayuntamiento, Junta General del Principado), museos (Bellas Artes, Archivo de Indianos, Marítimo, Historia Urbana), centros culturales (Niemeyer, Laboral), teatros (Palacio Valdés), sendas fluviales (la del Oso), áreas costeras (Cabo Peñas, Zeluán, Gulpiyuri, bufones de Pría, puerto de Avilés), entornos eotécnicos (Taramundi), monumentos singulares (villas romana de Veranes, termas de Campo Valdés, Santa María del Naranco, San Miguel de Lillo, Catedral de Oviedo)… Y así hasta cuarenta y cinco destinos en doce salidas: dos por Avilés, dos a Oviedo, dos a Gijón, dos a la zona oriental, dos a la occidental y otras dos a destinos no urbanos del área central de la región.

En todas esas salidas, además de otros profesores, va siempre el tutor de cada grupo. Todas son gratuitas para todos nuestros alumnos. Todas son planificadas de forma sistemática y no meramente inductiva. Todas son evaluadas por los participantes y desarrolladas con compromisos compartidos con el alumnado y las familias. Así que Conociendo Asturias (ese es el nombre de nuestro proyecto) es la manera en que promovemos un conocimiento del entorno desde un centro público que apuesta a la vez por la excelencia y por la equidad.

Aunque no está en la agenda de los debates educativos, el conocimiento del entorno (del paisaje y del paisanaje) hace mucha falta en nuestro país. Así que no estaría mal un Conociendo España generalizado en el que se pudiera sacar el mayor partido a las enormes potencialidades de unos centros públicos concebidos no como meros dispensarios curriculares, sino como una inmensa red institucional (quizá ya la única) con la que el Estado puede contar para cohesionar a la sociedad y para hacer más lúcidos y felices a los ciudadanos.

1 comentario:

  1. Gracias por el presente artículo; cierto, se aprende mucho al salir los estudiantes de su entorno habitual; participar en otros escenarios de aprendizaje les crea otras oportunidades, otras motivaciones. Encerrado en el aula y siempre lo mismo, es aburrido, dirían los estudiantes.

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