6 de diciembre de 2012

Nostalgia del futuro

(Publicado en Escuela el 6 de diciembre de 2012)

En el capítulo de Los hijos de los días que Eduardo Galeano dedica a Oscar Niemeyer dice que ese fue el motivo por el que el genial arquitecto comunista decidió pasar de largo los cien años y seguir construyendo edificios en el siglo XXI. Una optimista nostalgia del futuro que como brasileño tenía buenos motivos para sentir.

Niemeyer siempre pensó que la gente es más importante que la arquitectura y que la mejor arquitectura es la que hace más feliz la vida de la gente. En 1989 se le reconoció aquí su valía concediéndole el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. En agradecimiento, tuvo el bello gesto de regalarnos una de sus últimas y más hermosas obras: el centro cultural que lleva su nombre y que hoy se asoma a las aguas de la ría de Avilés.

“Una plaza abierta al mar para todos los hombres y mujeres del mundo; un lugar para la convivencia, la educación, la cultura y la paz”. Ese fue el lema con el que el arquitecto de las curvas blancas bautizó esta joya que parece un trocito de Brasilia o de Río de Janeiro en Asturias. Y decir eso no es decir poco. Porque, si según algunos Asturias es el paraíso natural, según Galeano las curvas de Río fueron diseñadas por Dios el día en que Dios creyó que era Niemeyer.


Pero esa obra no nació solo como un bello cuerpo arquitectónico frente al Mar Cantábrico. El Centro Niemeyer de Avilés nació con alma, con el ánimo de ser fiel al lema con que lo bautizó el maestro y hacerlo verdad en esa plaza, en la cúpula y en los demás edificios que lo componen. Vida cultural de excelencia abierta a la participación, actividades de vanguardia para públicos diversos, un nodo privilegiado para conectar a España con Iberoamérica y con el resto del mundo, un espacio propicio para vincular la cultura y la educación. Así nació el Centro Niemeyer, como una fábrica de momentos de felicidad. Y eso fue desde que el arquitecto centenario lo dibujó en su estudio de Copacabana hasta que, a los pocos meses de estar abierto, un gobierno rencoroso trabajó tenazmente para intentar destruir ese sueño.

Durante los meses que duró aquel gobierno muchos también sentimos nostalgia del futuro por el Centro Niemeyer. Pero no la optimista que señalaba Galeano para explicar la longevidad del genial arquitecto. Más bien la triste nostalgia del porvenir de la que hablaba Amin Maalouf, otro Premio Príncipe de Asturias, hace unas semanas para expresar esa intuición de que estamos perdiendo el futuro de lo que podría haber sido y ya no será. Nostalgia de los sueños e ideales indispensables que se han tenido, que aún no se han realizado y que ahora parecen inalcanzables.

En el ámbito educativo también sentimos esa triste nostalgia del futuro en estos tiempos de derribo. Nos habíamos acostumbrado a esperar lo mejor de los años venideros y a trabajar tenazmente para lograrlo. Pero parece que en esta esquina del tiempo viramos hacia el pasado y nuestros afanes de ahora solo están orientados a defender lo que tenemos y a evitar los retrocesos que nos quieren imponer. Retrocesos como los que supone no apoyar decididamente a la escuela pública, no luchar tenazmente por la igualad, preferir la segregación a la integración, confundir el sistema educativo con el sistema económico, la evaluación con la clasificación, las competencias con los contenidos y la promoción del éxito con el temor al fracaso. Retrocesos que acaban despreciando lo más obvio: que los seres humanos no son medios al servicio de las necesidades del mercado sino los fines por los que tiene sentido la educación.

Por eso es ahora cuando debemos recordar las lecciones de Maalouf, de  Galeano y de Niemeyer, esos soñadores que tuvieron que exiliarse de sus países en unos tiempos quizá aún peores que estos. Entonces, cuando el futuro parecía haber desaparecido, ellos siguieron señalándolo y construyéndolo con sus libros o con sus edificios.

Pasados los momentos más oscuros, en Asturias seguimos empeñados en devolverle el alma al Centro Niemeyer. En hacer que vuelva a ser ese lugar para la convivencia, la educación, la cultura y la paz que pensó su arquitecto. Quizá esta sea una buena metáfora de los afanes que nos toca impulsar a todos en estos tiempos inciertos.

Como ciudadanos, y mucho más como educadores, nos toca reivindicar el futuro. Oponernos a que se lo quiten a quienes aún lo tienen sin estrenar. Luchar para que siga siendo tan hermoso como los sueños del escritor uruguayo y las plazas del arquitecto brasileño. Óscar Niemeyer dijo que la vida es un soplo y que no hay que desperdiciarla lamentando las pérdidas, sino aprovecharla cada día y cada año (sean 105 o algunos menos los que vivamos) para intentar que el mundo sea mejor.

Por eso, en lugar de obsesionarnos con la mezquindad de algunos políticos, quizá debamos recordar las  palabras de Ángel González que Enrique Morente cantó en Avilés aquel diciembre de hace cinco años en el que Óscar Niemeyer se hacía centenario: “otro tiempo vendrá distinto a este”.

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