26 de febrero de 2015

Pasión y compasión

(Publicado en Escuela el 19 de febrero de 2015)

En estos tiempos en que algunos reducen la educación a la superación de estándares de aprendizaje, quizá sea más necesario que nunca volver a hablar de los fines generales, de la virtudes humanas que dan sentido a la labor de educar. Por ejemplo, de la pasión. Esa querencia que hace de vivir algo más que sobrevivir. Ese estímulo que nos hace querer saber, querer crear y querer construir. Y también disfrutar con los saberes alcanzados, con la belleza que otros han incorporado al mundo y con lo que contribuye a preservarlo y a mejorarlo. Son las pasiones de los científicos, de los artistas, de los ingenieros, de los operarios de la profesión más modesta, de todos los que aman su trabajo y entienden que no se trata solo de tenerlo, sino de disfrutar ejerciéndolo. Pero también son las pasiones no profesionales, las que hacen que la vida sea más que una rutina, las que tienen en las artes, las ciencias, la naturaleza, la cultura y la participación social los horizontes de una vida civilizada.

Pero esas pasiones no son innatas. Por eso tiene sentido hablar de educación del deseo. Porque no se nace con deseos culturales. Más bien se contagian como si fueran (benditas) enfermedades. Así se transmiten habitualmente en las familias y en los ámbitos de socialización horizontal que los consideran como un patrimonio propio. Pero también en las instituciones educativas que entienden su labor como algo más que la suma de enseñanzas y que saben que muchos de sus alumnos no adquirirán esas pasiones en su entorno.

Orientar el deseo y fomentar la pasión por las cosas valiosas debería ser uno de los fines primordiales de la actividad educativa. Como también debería serlo promover la compasión hacia el dolor humano. Ese sentimiento, también educable, que prospera en la infancia con el cuidado de los animales, se fortalece después fomentando la actitud empática de aprender a ponerse en el lugar del otro y acaba generando en los colectivos sociales el aprecio por valores como la solidaridad, la dignidad y la justicia.

La educación de ciudadanos apasionados y compasivos requiere instituciones educativas en las que esos valores sean centrales. Y docentes que los vivan en primera persona. Porque para educar el deseo el profesor ha de ser apasionado. Amar lo que enseña y disfrutar enseñándolo. Y, más allá de las disciplinas escolares, apreciar también esas otras dimensiones de la cultura que quedan fuera del currículo. Saber que el desarrollo del gusto y el criterio es algo muy valioso aunque no sea evaluable. Que fuera de los  espacios escolares hay una oferta cultural cuya promoción es también un servicio público que el docente puede y debe prestar a los ciudadanos. Y para ello él mismo debe ser un apasionado de la cultura, un adicto a su consumo que quiere contagiarlo no solo en sus entornos privados sino también en su función pública.

Porque el docente no puede ser solo un funcionario del currículo, un mercenario entre el libro de texto y el examen. Su papel es mucho más importante. Es un promotor de las pasiones que definen lo mejor de la condición humana: los saberes, las destrezas, la sensibilidad y los valores. Materiales muy valiosos que no deben quedar fosilizados por la disciplina de las disciplinas.

Para educar en la pasión el clima moral de las instituciones educativas debe ser también apasionado. Y para fomentar la compasión también debe ser compasivo. Y ello no es lo mismo que condescendiente. Supone simplemente asumir que el fracaso del otro es también de uno mismo. Que cuando el alumno se pierde, el docente debe ir a buscarlo. Que, como dice Pennac en Mal de escuela, el buen profesor jamás suelta su presa. Y que esa presa es el alumno que no sabe, el que no quiere, el que no sabe qué quiere y el que no sabe que quiere. No darlo nunca por perdido y sentir que su fracaso sería, antes que nada, un fracaso propio es lo que distingue a los docentes y a las instituciones que trabajan en favor de la solidaridad, la dignidad y la justicia.

Una educación para la pasión y la compasión implica mucho más que una enseñanza que solo pretenda superación de estándares de aprendizaje. Orientar nuestras prácticas hacia esos fines generales implica asumir actitudes tan importantes como la exigencia hacia uno mismo y la flexibilidad hacia el otro. Virtudes que prosperan entre los alumnos cuando las instituciones en que se educan y los profesionales que en ellas trabajan las asumen como principios deontológicos y las practican a diario.

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