16 de septiembre de 2026

Mundo Postnormativo

 (Publicado en Cuadernos de Pedagogía el 15 de septiembre de 2026)

La educación, la democracia y la educación para la democracia comparten un compromiso civilizatorio que hereda lo mejor de la tradición griega e ilustrada. La conciliación entre lo ético y lo político, entre la libertad y la igualdad y entre los derechos individuales y la justicia social, han presidido hasta ahora la normatividad y las formas de convivencia definitorios de la democracia liberal y el Estado de derecho. Sin embargo, conforme avanza esta década, ese compromiso se erosiona y parece que nos dirigimos hacia un mundo postnormativo. Es algo que se advierte no solo en las relaciones internacionales. También en las coyunturas nacionales y hasta en las deontologías profesionales.

Pankaj Mishra, en El mundo después de Gaza, y Santiago Alba Rico, en Gaza y el destino del mundo, han analizado con lucidez las claves y consecuencias de un proceso que se está convirtiendo en un verdadero parteaguas de la historia al llevarse por delante el papel de los organismos internacionales creados al calor del universalismo antibelicista que inspiró la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su gestación estuvo animada por el horizonte quizá utópico, pero deseable, de la abolición de los ejércitos permanentes y la consecución de La paz perpetua que propugnara Kant hace más de doscientos años. Hoy ese proyecto inconcluso está en retroceso en un tiempo en el que hablar de derecho internacional parece casi un oxímoron y los bárbaros proliferan a la vista de todos. Y es que en el futuro nadie podrá decir que ignoraba quiénes fueron los responsables y los cómplices silentes del horror en Gaza o que desconocía quién estaba dinamitando, por acción o por omisión, las instituciones internacionales, entre ellas la Corte Penal Internacional.

Se trata de un escenario global inédito en el que el negacionismo y la ceguera alcanzan por igual a los Derechos Humanos, a la catástrofe ambiental y a los futuros tecnodistópicos. Un momento histórico en el que se echan en falta acciones educativas más decididas y menos ensimismadas en el microdiseño de situaciones de aprendizaje disciplinares. Porque la profesión docente y las administraciones educativas parecen muy preocupadas por la interferencia de la inteligencia artificial en la evaluación, pero se muestran bastante ajenas al hecho de que la verdadera formación continua de los niños y adolescentes no se reduce hoy al dispositivo escolar de las competencias prescritas, sino que tiene lugar en ese mundo postnormativo que no necesita ciudadanos críticos sino, más bien, consumidores dóciles cuya única capacidad de agencia sea la pulsión por satisfacer deseos individuales en presente continuo.

La erosión del Estado de derecho y de las normas se constata también en la historia reciente de nuestro país. Aquí se vienen poniendo a prueba las costuras e independencia de los tres poderes, quedando maltrecho el legislativo porque la suya no parece ser la última palabra normativa en según qué temas y porque los grupos parlamentarios son cada vez más vicarios de los liderazgos políticos y menos dados a parlamentar autónomamente en el legítimo ejercicio de su papel representativo de la soberanía popular. Y también porque en todos los niveles normativos parece darse una impugnación de su legitimidad, aplicación y control en estos tiempos en que el presentismo mediático y la colmena enredada, lejos de fortalecerlos, debilitan los hábitos de participación ciudadana y la conciencia democrática.

Por eso no es de extrañar que las tendencias postnormativas estén presentes también en una vida social cada vez más caracterizada por la oferta y demanda, por los intereses y los medios que ponen a cada cual en su lugar de la colmena. Así se olvida que la comunidad civilizada era otra cosa. Que los derechos, los saberes y los valores (la verdad, la bondad y la belleza) tenían una relación con la felicidad y la convivencia ciudadana muy diferente al gregarismo hiperactivo (inconsciente y hacinado) de las abejas y las ovejas.

Las querencias postnormativas se acusan también en las profesiones relacionadas con los servicios públicos. Por la propia naturaleza de su propósito, la docencia debería estar especialmente comprometida con la formación de una ciudadanía crítica en un Estado de derecho. Por eso, resulta más inquietante la extensión entre los docentes de los hábitos propios de las burocracias digitales, el gusto por las telerreuniones y el rechazo de la presencialidad. También el silencio y la aquiescencia ante la instalación de cámaras de vigilancia en los recintos escolares o la consideración como gran éxito sindical del derecho a días de libre (in)disposición (jornadas en que los alumnos van a clase y el docente no, quedando aquellos a cargo del de guardia: hoy por ti, mañana por mi). O la erosión de unos horarios en los que hace tiempo que las horas no tienen sesenta minutos y unos calendarios que en algunos niveles también son recortados por la extensión de la costumbre de no esperar a las sesiones de evaluación final para poner las calificaciones, como establecen el sentido común y las normas, sino anticiparlas al alumnado en unas aulas que, así, se van quedando vacías antes de que acabe el curso propiciándose que los adolescentes aprendan tácitamente a desertar y a incumplir las normas. Todo ello está en las antípodas de unas culturas profesionales en las que el aprecio por el Estado de derecho, el cumplimiento de las normas y la promoción de una ciudadanía crítica, lúcida y comprometida con el bien común deberían presidir la cotidianidad de las prácticas docentes.

Quizá deberíamos pensar más en todo esto. En el sentido último del sapere aude kantiano. En que estaría bien desburocratizar los documentos y destecnificar las prácticas para que las competencias no sean meramente letanía y logomaquia. Para dejar de ser nosotros mismos incompetentes en lo más importante: en la creación de situaciones en las que sea posible aprender la manera de protegernos y protegerles de la barbarie. A saber: que la fuerza de la razón debe importar más que la razón de la fuerza, que lo que más cuesta no es siempre lo que más vale, que Vicente no tiene por qué ir donde va la gente, que la inteligencia quizá llegue a ser artificial pero la indigencia es insoportablemente humana, que los haberes son la contraparte de los deberes y los deberes también propician haberes, que hay normas que no tienen que estar escritas para que sintamos el deber de cumplirlas porque son de todos y para todos y, a la vez, no son de nadie, que la felicidad no consiste en obedecer ni tampoco en mandar, que el gasto en defensa que debería incrementarse no es el destinado a la destrucción sino el que protege nuestra salud de los ataques pandémicos (biológicos o culturales) y protege a la naturaleza de los ataques humanos (intencionales o lerdos). En suma, que la paz nunca llegará a ser perpetua si consideramos que la guerra puede ser justa y necesaria, que es nuestro deber y salvación.

Quizá parezcan solo palabras, pero podríamos hacer con ellas muchas cosas si en los objetivos generales de los centros educativos, y luego en las prácticas cotidianas, nos empeñáramos en incluir algunas de esas ideas. Que debemos educar por y para el desarme y contra la violencia. Sabiendo que en la guerra siempre hay banderas armas y testosterona, pero a la paz le faltan voluntades, pensamiento y cuidados. Porque el Estado de derecho importa. Aquí, en todo el mundo y en ese pequeño mundo que son nuestras aulas. Por eso deberíamos rebelarnos y resistir frente a quienes quieren imponernos la ceguera propia de ese mundo postnormativo al que no deberíamos sentirnos abocados ni entrar tan dócilmente. 

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