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8 de octubre de 2012

The End

(Publicado el 15-11-2011 en La Nueva España y La Voz de Avilés)
Esta tarde he visto la última película en el Niemeyer. Desde hace algún tiempo anoto los títulos de las que veo, por eso sé que, con la de hoy, son cuarenta las películas que he visto allí. A modo de letanía u oración fúnebre las recordaré al final de este escrito en el orden en que las he disfrutado desde el 7 de junio hasta hoy, 13 de noviembre, en que se cierra el cine del Niemeyer.

Desde que tengo memoria conservo recuerdos de películas vistas en cines. El primero, el de la tarde de un domingo que, con cuatro o cinco años, me llevaron unas chicas mayores (de doce o trece) a ver una película de Raphael en el pequeño cine del barrio en que nací. A comienzos de los ochenta aprendí los nombres de muchos directores europeos en los ciclos de la Casa de la Cultura de la calle Jovellanos. De hecho, el golpe del 23F lo tengo asociado con Godard porque aquel lunes la Alianza Francesa proyectaba allí una película suya. El verano de las oposiciones es, para mi, el tiempo en que descubrí los Alphaville y disfruté con los estrenos o las reposiciones de las maravillosas películas en versión original (La noche del cazador, Atraco perfecto, Senderos de gloria…) que ocuparon tantas tardes de aquel julio del ochenta y seis. Desde entonces es rara la vez que voy a Madrid y no me paso por la calle Martín de los Heros o que estoy en Barcelona y no me acerco a la calle Verdi. Son costumbres que he llevado también a mis viajes a La Habana, Montevideo o Buenos Aires. Creo que las ciudades cobran vida al verlas en el cine pero también que sus cines muestran algo de la vida que tienen las ciudades.

7 de octubre de 2012

La luz del Niemeyer

(Publicado el 30-09-2011 en La Nueva España, La Voz de Avilés y La Voz de Asturias)

Cuando este otoño de 2011 sea un tiempo muy lejano la luz del Niemeyer seguirá siendo hermosa. Cuando nosotros ya no estemos la seguirán disfrutando quienes se acerquen a esa gran plaza que el arquitecto de las curvas blancas nos regaló un día.

Quizá entonces los ciudadanos se pregunten cómo vivíamos estos tiempos en que, tras décadas sin mirar de frente a la ría, estrenamos ese maravilloso lugar pensado para que los hombres y mujeres del mundo puedan disfrutar de la paz, la cultura y la educación. Es fácil describir lo que muchos sentimos ahora: que la felicidad está ahí mismo. Solo con cruzar por esa grapa, en la que las personas que vienen parece que van y las que van parece que vienen, y dejar atrás los colores del puente de San Sebastián nos espera ese espacio civilizado que, como el Panteón, incluso vacío es hermoso. Cuando salimos del cine, del auditorio, de la torre, del club o de la cúpula, tras haber asistido al encuentro con la obra de algún creador o haber disfrutado con las palabras de alguien inteligente, mientras nos maravillamos con los cambios de la luz en esas curvas blancas, le damos gracias al viejo arquitecto por hacernos el regalo de no tener que tomar el avión para volver a casa desde alguna de esas ciudades lejanas en las que hemos vivido otras veces ese tipo de instantes. Y sobre todo de que lo disfruten también quienes no tienen medios para subirse a los aviones. Como un trozo del cielo es ese espacio tan luminoso en un tiempo que no lo es.