(en Ilusión algorítmica y culturas examinadoras. Publicado en la Revista Iberoamericana de CTS. Nº 51. Noviembre de 2022)
El examen es
el escenario ritual de la ilusión algorítmica. Sin él no sería posible la
representación reiterada del ideal meritocrático. Los ejemplos de la EBAU y el
MIR evidencian su creciente presencia y sofisticación en los sistemas de
reclutamiento para el acceso a la universidad o a profesiones tan apreciadas y
relevantes como la de los médicos.
Tanto en las actividades cotidianas como en las pruebas externas, el
examen y las culturas examinadoras han alcanzado en los últimos años una
centralidad muy notoria en nuestros sistemas educativos. De hecho, conviven sin
demasiados problemas con los reclamos de una evaluación por competencias y,
aunque aparentemente son contradictorias, la tendencia a cuantificar esta en la
forma de rúbricas hace que ambas puedan compartir los lenguajes propios de la
ilusión algorítmica.
Aunque la educación en el siglo XXI sea radicalmente examenófila, los
orígenes de tal dispositivo se encuentran en la propia configuración de la
escuela reglada hace ya varios siglos. La escuela disciplinada y graduada es
principalmente un invento protestante en el que tuvo un papel destacado Comenio.
Pero la primacía escolar del examen fue, más bien, una aportación católica con
los jesuitas como principales protagonistas (Fernández Enguita, 2018).
Si el examen de conciencia para el perdón de los pecados tenía su
escenario oral (y musitado) en el confesonario, el examen de conocimientos para
la valoración de los méritos tiene su escenario escrito (y silente) en el aula.
Ambos conllevan penitencias, pero, mientras el primero perdona a los pecadores
e iguala a los fieles, el segundo distingue a los elegidos y condena a los
réprobos.
Más allá de las sugerentes metáforas sobre la inspiración religiosa de
un dispositivo que se ha convertido en central para la jerarquización
meritocrática en los modelos neoliberales, convendrá suscitar algunas
reflexiones que quizá pudieran erosionar el mito del examen como detector
infalible de la verdad pedagógica. Se trata de esbozar un repertorio de
críticas a ese dogma heredado del examen como el mejor sistema de evaluación posible.
Serán, por tanto, unos apuntes valorativos para una crítica del examen en los
que se partirá de su propia naturaleza constitutiva intentando responder al qué
y al cómo de dicho artefacto.