(Publicado en Cuadernos de Pedagogía el 15 de septiembre de 2026)
La educación, la democracia y la educación para la democracia comparten un compromiso civilizatorio que hereda lo mejor de la tradición griega e ilustrada. La conciliación entre lo ético y lo político, entre la libertad y la igualdad y entre los derechos individuales y la justicia social, han presidido hasta ahora la normatividad y las formas de convivencia definitorios de la democracia liberal y el Estado de derecho. Sin embargo, conforme avanza esta década, ese compromiso se erosiona y parece que nos dirigimos hacia un mundo postnormativo. Es algo que se advierte no solo en las relaciones internacionales. También en las coyunturas nacionales y hasta en las deontologías profesionales.
Pankaj Mishra, en El mundo después de Gaza, y Santiago Alba Rico, en Gaza y el destino del mundo, han analizado con lucidez las claves y consecuencias de un proceso que se está convirtiendo en un verdadero parteaguas de la historia al llevarse por delante el papel de los organismos internacionales creados al calor del universalismo antibelicista que inspiró la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su gestación estuvo animada por el horizonte quizá utópico, pero deseable, de la abolición de los ejércitos permanentes y la consecución de La paz perpetua que propugnara Kant hace más de doscientos años. Hoy ese proyecto inconcluso está en retroceso en un tiempo en el que hablar de derecho internacional parece casi un oxímoron y los bárbaros proliferan a la vista de todos. Y es que en el futuro nadie podrá decir que ignoraba quiénes fueron los responsables y los cómplices silentes del horror en Gaza o que desconocía quién estaba dinamitando, por acción o por omisión, las instituciones internacionales, entre ellas la Corte Penal Internacional.
Se trata de un escenario global inédito en el que el negacionismo y la ceguera alcanzan por igual a los Derechos Humanos, a la catástrofe ambiental y a los futuros tecnodistópicos. Un momento histórico en el que se echan en falta acciones educativas más decididas y menos ensimismadas en el microdiseño de situaciones de aprendizaje disciplinares. Porque la profesión docente y las administraciones educativas parecen muy preocupadas por la interferencia de la inteligencia artificial en la evaluación, pero se muestran bastante ajenas al hecho de que la verdadera formación continua de los niños y adolescentes no se reduce hoy al dispositivo escolar de las competencias prescritas, sino que tiene lugar en ese mundo postnormativo que no necesita ciudadanos críticos sino, más bien, consumidores dóciles cuya única capacidad de agencia sea la pulsión por satisfacer deseos individuales en presente continuo.
