Cuando este otoño de 2011 sea un tiempo muy lejano la luz del Niemeyer seguirá siendo hermosa. Cuando nosotros ya no estemos la seguirán disfrutando quienes se acerquen a esa gran plaza que el arquitecto de las curvas blancas nos regaló un día.
Quizá entonces los ciudadanos se pregunten cómo vivíamos estos tiempos en que, tras décadas sin mirar de frente a la ría, estrenamos ese maravilloso lugar pensado para que los hombres y mujeres del mundo puedan disfrutar de la paz, la cultura y la educación. Es fácil describir lo que muchos sentimos ahora: que la felicidad está ahí mismo. Solo con cruzar por esa grapa, en la que las personas que vienen parece que van y las que van parece que vienen, y dejar atrás los colores del puente de San Sebastián nos espera ese espacio civilizado que, como el Panteón, incluso vacío es hermoso. Cuando salimos del cine, del auditorio, de la torre, del club o de la cúpula, tras haber asistido al encuentro con la obra de algún creador o haber disfrutado con las palabras de alguien inteligente, mientras nos maravillamos con los cambios de la luz en esas curvas blancas, le damos gracias al viejo arquitecto por hacernos el regalo de no tener que tomar el avión para volver a casa desde alguna de esas ciudades lejanas en las que hemos vivido otras veces ese tipo de instantes. Y sobre todo de que lo disfruten también quienes no tienen medios para subirse a los aviones. Como un trozo del cielo es ese espacio tan luminoso en un tiempo que no lo es.