28 de octubre de 2013

Ilusión bilingüe

(Publicado en Escuela el 24 de octubre de 2013)

En pocas cosas hay tanto acuerdo como en la importancia de aprender otras lenguas. La atención al tema es mayor en los últimos tiempos porque esa competencia puede ser determinante para acceder a empleos fuera de nuestro país. La motivación genérica de la comunicación con otras personas se va sustituyendo por la triste asunción de que la diáspora es inevitable y que debemos preparar a nuestros alumnos para ella.   

Tenemos la fortuna de que nuestra lengua sea la segunda con más hablantes nativos en el mundo. Pero algunos creen que el futuro de nuestros jóvenes depende de que dominen la novena, obviando que el potencial de desarrollo de los muchos países que hablan español es muy superior al de los pocos que hablan alemán.

Con los británicos somos los europeos que hablamos las lenguas más importantes del mundo. Un español que domine el inglés o (más improbable) un británico que domine el español tienen una capacidad de comunicación en el mundo superior a cualquier otra combinación de dos lenguas. La tercera más recomendable quizá no sea el alemán (la lengua de ochenta millones de ciudadanos de una Europa en crisis) sino el portugués (la de casi doscientos millones de ciudadanos de una Latinoamérica emergente). El interés de esta lengua es aún más evidente si se considera el esfuerzo requerido para aprenderla y la ventaja que supone dominar las tres grandes lenguas de América cuando aún son pocos los europeos que lo hacen.

Pero no es mi intención reivindicar metafóricamente el ancho de vía ibérico como seña de identidad lingüística. Solo pretendo plantear alguna reflexión sobre la forma en que se está promoviendo el aprendizaje de otras lenguas en España.

13 de septiembre de 2013

Curso cero

(Publicado en Escuela el 12 de septiembre de 2013)

Eso parece el que ahora comienza, el curso cero de un futuro incierto. Si nada lo remedia, en él tendremos una nueva ley educativa. La primera en la historia de España que está más inspirada en el pasado que proyectada hacia el futuro. Ni sus defensores lo ocultan: su propósito es desandar el camino recorrido desde la Logse. El retroceso puede incluso ser mayor y hacer que lleguemos a añorar la LGE. Así que tras este curso cero quizá podamos empezar a contar con números negativos los años del tiempo wertiano.

La única esperanza es lo mucho que nos han unido este ministro y esta ley. El clamor de la comunidad educativa ante lo que se avecina quizá haga posible que, más pronto que tarde, se detenga esa cuenta atrás. Que volvamos a tener cuanto antes leyes educativas que promuevan la igualdad, la formación integral de las personas y el progreso social. Leyes no cegadas por el mito de la excelencia como el fin que justifica los medios segregadores. Porque, no nos engañemos, la excelencia es solo la coartada de un programa educativo cuyo verdadero fin es el regreso a una sociedad más jerarquizada y desigual.

Pero no podemos trabajar pensando solo en lo aciago de estos tiempos. No debemos denunciar solo los errores de gran escala. También merecen atención esos otros errores menores que acaban conformando el imaginario que ampara los mayores. Por ejemplo, el otro sentido de la expresión que da título a este texto.

14 de agosto de 2013

El significado de innovar

Ese es el título del interesante libro que han publicado recientemente Elena Castro Martínez e Ignacio Fernández de Lucio (1). De fácil lectura, es para el profano una aproximación amena y sugerente al mundo de la innovación.

Innovar es un término omnipresente en el lenguaje político. Tanto que empieza a ser más valorativo (casi como sinónimo de bueno) que descriptivo. No es raro, por tanto, que muchos lo consideren parte de esas letanías con que se llenan algunos discursos que solo pretenden ocultar el vacío de las prácticas.

Por eso me parece relevante este libro que responde con claridad a su título obviando toda retórica sobre la innovación como idea políticamente correcta. Para el profano tiene el interés de estar lleno de ejemplos que muestran como, desde su consideración negativa antes del siglo XVII hasta hoy, la innovación es una de las formas de hacer que el mundo sea mejor. Pero el libro tiene, además, el interés de facilitar la dilucidación de ese concepto mostrando la diferencia entre innovación e invención, la naturaleza social de los procesos de innovación (que no cabe limitar, por tanto, a las tecnologías materiales) o la existencia de una innovación social que va más allá del ámbito económico y empresarial.

21 de junio de 2013

¿Aprobar seis es fracasar?

(Publicado en Escuela el 20 de junio de 2013)

Para Sergio sí. En primero de bachillerato ha aprobado el doble de lo que ha suspendido, pero no puede pasar a segundo. Tiene que dedicar un año completo a tres materias.

El jefe de estudios está harto de ver casos como el de Sergio. Muchos acaban abandonando el bachillerato. Este año quiere que las cosas cambien. Así que a los alumnos que están en esa situación les ha propuesto un plan. En lugar de animarles a que repitan también las materias que han aprobado, como hacía hasta ahora, les propone que desde septiembre dediquen todo su tiempo a esas tres materias para intentar aprobarlas en diciembre. En cada una de ellas tendrán un plan de trabajo intensivo con una evaluación intermedia en noviembre. Si las aprueban, se podrán incorporar en enero a las materias de segundo (o a parte de ellas, si les sigue quedando alguna de primero).

18 de junio de 2013

¿Bachillerato de excelencia?

“La primera promoción del Bachillerato de Excelencia se gradúa con una nota media de 8,2”. Ese es el titular del reportaje que le dedica la revista ESCUELA (jueves, 13 de junio de 2013) a los resultados del experimento que Esperanza Aguirre puso en marcha en 2011 en el IES San Mateo de Madrid.

Y parece que no ha salido muy bien. Para acceder a ese bachillerato se necesita una nota superior a 8 en las materias de Lengua, Idioma, Ciencias Sociales y Matemáticas de 4º de ESO. La nota media al final del bachillerato ha sido de 8,2. Así que la mayoría de los alumnos han debido obtener ahora peores resultados que los que tenían cuando llegaron a ese centro. De hecho, solo 23 se gradúan con una media superior a 8,75, con lo que tres de cada cuatro alumnos de ese bachillerato de excelencia quizá no puedan acceder a determinados estudios universitarios con límite de plaza. Por otra parte, del centenar de alumnos que lo iniciaron se gradúan ahora 85. De modo que uno de cada siete alumnos ha abandonado el centro o no ha conseguido graduarse a pesar de haber llegado al bachillerato con altas calificaciones en la ESO.

La Comunidad de Madrid gastó el año pasado dos millones de euros en mejorar las instalaciones de ese centro. A juzgar por los resultados obtenidos (solo uno de cada cuatro alumnos podrían presentarse a los premios extraordinarios de bachillerato) no parece que la eficiencia sea una de las señas de identidad de esa supuesta excelencia educativa.

23 de mayo de 2013

Complementarias y extraescolares

(Publicado en Escuela el 23 de mayo de 2013)

Dos conceptos emparejados de difícil definición. Como el viejo cine de arte y ensayo, en el que nadie sabía qué películas eran de arte y cuáles de ensayo. La etiqueta simplemente las distinguía del resto, del cine normal. Hoy se habla de cine independiente o de autor para aludir a ese que sigue estando en los márgenes. Como esa interesante web sobre cine español al margen. Como las actividades complementarias y extraescolares, que también parecen estar al margen.

Hacer y ver teatro, ir al cine, ir a conciertos, tocar algún instrumento, visitar exposiciones, hacer danza, practicar deportes, ir al campo, visitar museos, entrar en un laboratorio, conocer una fábrica, recorrer ciudades, convivir con gentes de otras culturas, aprender a viajar… Esas cosas, que tanto se parecen a la vida, son las actividades complementarias y extraescolares en la terminología de la burocracia escolar. Cosas al margen. Casi arte y ensayo.

Más que por lo que son, las actividades complementarias y extraescolares se definen por lo que no son. No son lectivas. No son curriculares. Tampoco parecen evaluables. Y ahí empiezan sus problemas. Lo lectivo, lo curricular y lo evaluable está siempre bien organizado, dispone de su tiempo y su espacio en el sistema escolar. Lo otro no. Esas otras actividades apenas son valoradas y evaluadas. Su organización queda para espacios y tiempos marginales, los que no son obligatorios, los del voluntarismo. De hecho, muchas de ellas están privatizadas. Corresponden a ese capital cultural que cada familia transmite a sus vástagos en el tiempo no escolar. Ese tiempo que, con la generalización de la jornada continua, es cada vez más extenso y más desigual.

26 de abril de 2013

Lectivas y complementarias

(publicado en Escuela el 25 de abril de 2013)

Esas son las categorías primordiales que distinguen las horas de trabajo de los docentes. Una distinción que tiene muchas décadas y que solo ha sido perturbada por el reciente incremento del tiempo lectivo semanal.

La escisión entre lo lectivo y lo complementario está tan naturalizada que casi no reparamos en su rancia semántica. Las horas esenciales son las lectivas, las de la lectio. Las demás son complementarias, es decir, accesorias, casi prescindibles. De hecho, varían en número, definición y uso. Solo las guardias o vigilancias se mantienen invariables, incluso con esos nombres, en casi todos los lugares. De modo que el trabajo docente consistiría básicamente en impartir lecciones o en vigilar a los alumnos cuando otros no las imparten. Y seguramente así era hace años, pero parece poco adecuado suponer que sigue (o debe seguir) siendo así hoy.

18 de abril de 2013

Instrucción pública

En el ámbito educativo pocas expresiones tienen tanto pedigrí como esa. La organización de la instrucción pública era el propósito de aquel informe con el que en 1792 Condorcet inauguró el imaginario de la escuela republicana. De la instrucción pública también trataba el informe Quintana que pretendía, hace ahora doscientos años, que en España la educación dependiera del Estado. La Constitución de 1812 ya incorporaba esa expresión que, asimismo, presidió la Ley Moyano de 1857. Y, aunque la República no tuvo tiempo para cambiar muchas cosas, las icónicas Misiones Pedagógicas o el proyecto de Lorenzo Luzuriaga que apostaba por una escuela pública laica, gratuita, activa y coeducativa se han asociado estrechamente con ese concepto que parece vincular la extensión de la educación con la emancipación individual y el progreso social. Por otra parte, que el franquismo renegara de esa expresión (en 1939 la suprimió del nombre del ministerio) ha favorecido que la instrucción pública siga manteniendo hoy cierto aura de progresismo venerable.

Así, quien la reivindica parece conectar con la mejor tradición educativa y cargarse de razón (más bien de emoción) al exponer sus ideas. Ese es el caso de Antonio Muñoz Molina, quien apelaba recientemente a ella (“Memoria crítica”, El País, 30 de marzo de 2013) para criticar, una vez más, los efectos de la LOGSE y defender las posiciones de quienes la consideran causa de grandes males y extravío culposo de la senda de una instrucción pública verdaderamente emancipadora.

21 de marzo de 2013

Cárceles, pueblos y héroes

(Publicado en Escuela el 21 de marzo de 2013)
 
Las acciones educativas valiosas no son solo las que se desarrollan en las aulas. Algunas de las experiencias más intensas y formativas que han vivido muchos alumnos españoles en las últimas décadas han tenido lugar en espacios no escolares. Por ejemplo, en un pueblo abandonado o en un centro penitenciario.

Búbal, Granadilla y Umbralejo son lugares de Huesca, Cáceres y Guadalajara en los que, desde hace casi treinta años, miles de alumnos han vivido instantes inolvidables. La Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) de la cárcel de Villabona en Asturias es, desde hace veinte años, el escenario de una iniciativa ejemplar de rehabilitación en entornos penitenciarios y de una experiencia de prevención del consumo de drogas que no olvidarán nunca los miles de alumnos que la han conocido.

21 de febrero de 2013

Comunidad de Educadores para la Cultura Científica

(Publicado en Escuela el 21 de febrero de 2013)
 
¿Cómo se aprende la ciencia? Con bastante dificultad. ¿A quién le interesa? A unos pocos. La tentación de responder así es grande. De hecho, muchos alumnos perciben de ese modo las matemáticas, la física o la química, disciplinas que parecen solo aptas para los más capaces y los más tenaces.

La bata (del investigador de laboratorio) y la bota (del investigador de campo) pueblan muchos sueños infantiles sobre el futuro profesional. Pero cuando en el camino se cruza el álgebra, la cinemática o la tabla periódica, esos sueños se desvanecen para muchos alumnos que acaban optando no por lo que querrían estudiar sino por lo que no les queda más remedio que elegir. Y es que la dificultad de esas materias está tan naturalizada como la idea de que sus contenidos son refractarios a la relevancia social, sus competencias ajenas a la creatividad y sus controversias distantes de lo axiológico.

24 de enero de 2013

Evaluación cualitativa

(Publicado en Escuela el 24 de enero de 2013)

Hoy no se discute la importancia de la evaluación de los sistemas educativos. Pero tampoco se discute mucho sobre cómo es (o cómo debería ser) la evaluación en ellos. Me refiero a la evaluación cotidiana de los alumnos. Esa que se concreta en los boletines que reciben las familias varias veces cada curso.

Es obvio que las competencias básicas no son lo mismo que los contenidos de determinadas materias. Ni que tampoco es lo mismo evaluar que calificar. Sin embargo, esas dos confusiones parecen perpetuarse en nuestro sistema educativo. Los boletines de evaluación que reciben las familias no suele informar sobre el progreso (o las dificultades) de los alumnos en el desarrollo de sus competencias. Por lo general, se limitan a señalar un número entre el cero y el diez por cada una de las materias que cursan. Todos asociamos esos números con el éxito y el fracaso escolar. Cuanto más altos sean más probable será el éxito escolar (y luego social), cuanto más bajos más cerca se está del fracaso. En medio queda la mediocridad que supuestamente caracterizaría a la mayoría.

Esta visión simplista de la evaluación era diáfana y funcional en sociedades que solo esperaban de los sistemas educativos la determinación del lugar que correspondía a cada cual en la escala social. Las notas numéricas eran, por tanto, muy pregnantes para una concepción jerárquica de la vida. Pero no sirven si de lo que se trata es de identificar cuáles son las fortalezas y las debilidades en el desarrollo de las competencias de las personas, de promover las primeras y de atender a las segundas.

20 de diciembre de 2012

El actual ministro de educación, no

(Publicado en Creando Ciudadanía el 17 de noviembre de 2012)

1. La función primordial de la escuela es evitar que la desigualdad familiar de origen determine el destino de las personas. Para el actual ministro de educación, no.

2. Para los gobiernos de los países más desarrollados, la escuela pública es el referente prioritario de las políticas educativas. Para el actual ministro de educación, no. 

3. Cualquier responsable político y cualquier político responsable temería las consecuencias de una reducción del gasto en educación. El actual ministro de educación, no.

4. Suspender debería tener las mismas consecuencias para quienes son ricos que para quienes necesitan una beca para estudiar. Según el actual ministro de educación, no.

5. La promoción de la excelencia educativa es compatible con la integración escolar y social. Para el actual ministro de educación, no.

6 de diciembre de 2012

Nostalgia del futuro

(Publicado en Escuela el 6 de diciembre de 2012)

En el capítulo de Los hijos de los días que Eduardo Galeano dedica a Oscar Niemeyer dice que ese fue el motivo por el que el genial arquitecto comunista decidió pasar de largo los cien años y seguir construyendo edificios en el siglo XXI. Una optimista nostalgia del futuro que como brasileño tenía buenos motivos para sentir.

Niemeyer siempre pensó que la gente es más importante que la arquitectura y que la mejor arquitectura es la que hace más feliz la vida de la gente. En 1989 se le reconoció aquí su valía concediéndole el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. En agradecimiento, tuvo el bello gesto de regalarnos una de sus últimas y más hermosas obras: el centro cultural que lleva su nombre y que hoy se asoma a las aguas de la ría de Avilés.

“Una plaza abierta al mar para todos los hombres y mujeres del mundo; un lugar para la convivencia, la educación, la cultura y la paz”. Ese fue el lema con el que el arquitecto de las curvas blancas bautizó esta joya que parece un trocito de Brasilia o de Río de Janeiro en Asturias. Y decir eso no es decir poco. Porque, si según algunos Asturias es el paraíso natural, según Galeano las curvas de Río fueron diseñadas por Dios el día en que Dios creyó que era Niemeyer.

9 de noviembre de 2012

Recuerdos del futuro

(Publicado en Escuela el 8 de noviembre de 2012)
 
Así tituló Erich von Däniken un libro que tuvo cierto éxito en los años setenta. De esa obra alucinada seguramente solo son rescatables dos cosas: que hablara de lugares tan fascinantes como Nazca y el propio título. Recuerdos del futuro era entonces un oxímoron tan incomprensible como evocador, pero el paso del tiempo lo ha convertido en una expresión reveladora.

Quienes nacimos lo suficientemente lejos del año 2000 como para llegar a él en la edad adulta sabemos lo que significa tener recuerdos del futuro. En la memoria de nuestra infancia y adolescencia  hay imágenes sobre cómo esperábamos que fuera el mundo tras ese año. Aunque Stanley Kubrick situaba en el 2001 su pesadilla sobre la autonomía de la técnica y la amenaza nuclear hacía dudar de si la humanidad alcanzaría siquiera esa fecha, en general teníamos grandes esperanzas sobre el porvenir. En un tiempo en el que tantas dictaduras militares hablaban español era fácil imaginar que en el año 2000 el mundo podría ser mejor.

22 de octubre de 2012

Espacios curriculares protegidos

(Publicado en Escuela el 11 de octubre de 2012)

Asignaturas maría y asignaturas hueso. Esos eran los polos de los espacios curriculares tradicionales. Fuera por sus contenidos o por quien los enseñaba, esa oposición entre lo fácil y lo difícil, lo alegre y lo serio, lo secundario y lo importante, parecía distinguir lo que se hacía en el tiempo escolar.

Al primer grupo pertenecían las asignaturas blandas, las enseñanzas relacionadas con el cuerpo (la gimnasia), la sensibilidad (el dibujo, la música…) o la religión. En el segundo estaban las materias duras, más relacionadas con lo conceptual (las matemáticas, la física, el latín…) En estas el éxito parecía depender de la inteligencia y la memoria, capacidades con las que, según algunos, nacemos desiguales y cuyo desarrollo requiere bastante esfuerzo.

El progreso escolar y el prestigio académico no dependían de los éxitos en las materias maría, sino de las buenas calificaciones en las materias hueso.  Y según el tipo de huesos que cual era capaz de roer (o de los que se le resistían), se distinguían las querencias (o las reticencias) de unos hacia las ciencias y de otros hacia las letras. Así de simple era la orientación educativa en aquel mundo maniqueo que consideraba que el esfuerzo y la felicidad no podían ser simultáneos.

21 de octubre de 2012

Septiembre

(Publicado en Escuela el 13 de septiembre de 2012)

En España septiembre es el mes de lo escolar. Ni el éxodo a la vendimia francesa hace unas décadas ni los fascículos de la publicidad televisiva hace unos años se asociaron tanto con el mes de septiembre como ese hito social y mediático que es hoy la vuelta al cole. A los debates recurrentes (como el precio de los libros o el peso de las mochilas) se unen otros coyunturales (como el acoso escolar o la autoridad del profesorado) y hasta algunos estúpidos (como la separación escolar de los sexos) que animan cada septiembre las tertulias radiofónicas.

Sin embargo, el propio septiembre educativo no suele ser un tema de debate. Entre el comienzo de la liga de futbol y el del curso escolar pasa casi un mes. A mediados de agosto ya hay partidos dominicales en toda España, pero a mediados de septiembre  aún no hay clases diarias en los institutos de algunas comunidades. El fútbol comienza pronto porque se sabe cuántos partidos hay que jugar y la liga no puede llegar al verano. El número de días lectivos del curso también es conocido pero no parece haber problema en llevar su final al verano o en acortar significativamente los días disponibles para segundo de bachillerato (siempre menos de los 175 prescritos).

Aunque en algunos países se haga, no parece sensato en España comenzar el curso en agosto como la liga de fútbol profesional. Pero no estaría mal que pudiera ser en los primeros días de septiembre. Las ventajas son evidentes. Además de garantizar que su finalización no se acercaría a los últimos días de junio, tan calurosos en muchos lugares, habría margen para definir un calendario escolar equilibrado cuyos periodos no lectivos no dependan solo de las fiestas religiosas.

20 de octubre de 2012

“Cesta y puntos” o el imaginario de la excelencia educativa

(Publicado en Escuela el 14 de junio de 2012)

¿Qué código moral tienen en la cabeza quienes defienden la segregación como el mejor medio para promover la excelencia educativa? La respuesta está seguramente en el pasado, en nuestro pasado histórico y en su pasado biográfico.

Aunque ellos no lo sepan, España nunca ha tenido tantos alumnos excelentes como ahora. Ni tan excelentes como los de ahora. Además de la equidad, ese es también uno de los frutos del progreso de nuestra sociedad en las últimas décadas. Un progreso que no debe hacernos olvidar cómo era la época en que cursaban bachillerato quienes ahora ponen en peligro estos logros.

Nuestros bachilleres de excelencia son esos jóvenes brillantes que de todo saben y a los que todo interesa. Leen con pasión, piensan con lucidez, se expresan con soltura (también en otras lenguas), dialogan con respeto y escriben con música en sus palabras. Son buenos alumnos, pero sobre todo son buena gente. Para ellos la vida es más ancha que el currículo y, aunque el nueve y el diez frecuentan sus exámenes, valoran también otras cosas. Por ejemplo, a sus amigos, a quienes quieren y cuidan aunque sean de esos para los que el cinco es ya un sobresaliente. La excelencia y la convivencia se refuerzan mutuamente cuando aquella no es solo curricular y esta es también escolar.

19 de octubre de 2012

La PAU y el calendario escolar

(Publicado en Escuela el 17 de mayo de 2012)

Esta semana han sido evaluados miles de alumnos de 2º de bachillerato en España. El resto apuran ahora sus últimos días de clase antes de la evaluación final. En Asturias fueron evaluados todos entre el 11 y el 14 de este mes. Para entonces llevábamos 145 días lectivos desde septiembre y faltaban aún 30 de los 175 días que según la LOE ha de tener el curso escolar.

La explicación de ese adelanto de la evaluación final es bien conocida: como las pruebas de acceso a la universidad (PAU) se celebran antes de que acabe el curso y hay que respetar los plazos de reclamación de calificaciones y de matriculación en la PAU, la evaluación final de 2º de bachillerato se adelanta a mayo, incluso a la primera quincena de mayo. Es decir, hasta seis semanas antes de que finalice el curso escolar. Y seis semanas de clase dan para mucho.

No deja de ser curioso que el único nivel cuyos contenidos son objeto de una prueba externa sea precisamente el que tiene menos tiempo para su desarrollo antes de la evaluación final.

18 de octubre de 2012

Evaluar, no clasificar

(Publicado en Escuela el 19 de abril de 2012)

Evaluar y analizar la información sobre los resultados es importante. Pero no solo en los niveles macro (los sistemas educativos) y meso (los centros escolares), sino también en la escala micro (lo que sucede cotidianamente en las aulas). En esos tres niveles conviene analizar con detalle la información disponible y sortear la tentación de reducir la evaluación a mera clasificación.

Lamentablemente la compleja y multidimensional información que ofrecen las pruebas internacionales sobre los sistemas educativos no siempre se usa para hacer análisis matizados que fundamenten decisiones prudentes en política educativa. Frecuentemente de esa información solo se destaca que no estamos en los primeros puestos del ranking educativo (los de países muy nórdicos o muy orientales), obviándose lo que esas pruebas muestran sobre nuestros progresos relativos, sobre la equidad de nuestro sistema educativo, sobre las diferencias en las distintas competencias o sobre la distancia que aún existe entre lo que esas pruebas evalúan y lo que se enseña en nuestras aulas. Para algunos los resultados de esas pruebas solo certifican que estamos lejos de Finlandia o de Corea y que es urgente regresar a una eficacia pedagógica supuestamente perdida (¿la de las tarimas y las aulas en blanco y negro?)

17 de octubre de 2012

El valor de la evaluación

(Publicado en Escuela el 15 de marzo de 2012)

Sea por su valor de cambio (para la acreditación) o por su valor de uso (para la formación) parece incuestionable que la evaluación ocupa un lugar central en los sistemas educativos. Incluso hay quien dice que es la clave de bóveda de las instituciones escolares. De hecho, es la única función que nunca se deja de hacer: el desarrollo de los contenidos puede quedar incompleto, los objetivos educativos obviados, las metodologías desvirtuadas, pero ningún alumno sale del sistema educativo sin haber sido evaluado. Evaluar es, quizá, la única función docente a la que nadie objeta, ante la que ningún profesor se declara insumiso. Aunque sea en el último minuto, las calificaciones acaban llegando al acta y la función evaluadora-calificadora-acreditadora del sistema educativo siempre se cumple.

Es verdad que no es lo mismo evaluar que calificar, que valorar es mucho más que ponderar y que un concepto mínimamente riguroso de la evaluación debería ser mucho más complejo que la unidimensional calificación de determinadas actuaciones en exámenes que solo demuestran el ejercicio episódico de ciertas competencias cognitivas (a veces asociadas únicamente con la memoria).

Pero ese valor añadido que la evaluación tiene sobre la calificación no suele ser objeto de reflexión. No se cuestiona si tiene sentido expresar la evaluación de las competencias educativas en la forma de una serie de números de cero a diez para cada una de las materias de cada curso escolar. Si conviene que el cinco siga siendo el rubicón entre la supervivencia y el abismo educativo (y luego social). Si es sensato que todo esto se acepte como obvio y no se sienta la tentación de abrir la caja negra de los procedimientos de estimación cuantitativa del desarrollo de las competencias cualitativas que supuestamente se evalúan.